Garabatos en la 609


A veces solo existo cuando me ves – pensó Mónica mientras tocaba por tercera vez el timbre. No ocurre a menudo, pero cuando ocurre me pregunto qué estamos haciendo. Por ejemplo ahora mismo. ¿Qué estamos haciendo aquí, el uno al lado del otro frente al mostrador de un hotel que no nos podemos permitir?

El viaje en coche a La Coruña había sido una sucesión de líneas discontinuas y algún verso suelto que se había colado en sus sueños. Su marido odiaba que se quedase dormida en los viajes, pero hacía mucho tiempo que dejó de enfadarse por ello. Era otra vez ese sueño,  su sueño recurrente desde pequeña. Ella – o al menos parecía que era ella, ¿quién iba a ser si no? – camina a lo largo de las vías. ¿Hace ya cuánto? ¿Días, meses, años? Una eternidad que se dilata como travesaños corroídos por la humedad. Como la hilera de pinos sombríos que, como espías, la seguían en su interminable viaje. Como el manto plomizo que se descolgaba sobre su cabeza y no la dejaba salir del cuadrado invisible de su vida.

¿A nombre de quién está la reserva? – una voz gastada por los silencios
interrumpió el vuelo de Monica.
- Jorge Aguilar – respondió ella al ver que su marido seguía leyendo 
concentradísimo.

Marcial Berenguer, director del hotel desde hacía más de cuarenta años, revisó concienzudamente la lista de reservas.

Disculpe… no hay ninguna reserva a ese nombre.
- Pruebe con Monica Pisolina.
- Tampoco.

La mirada de reproche de Monica atravesó paredes, muros de contención, incluso océanos, pero Jorge siguió leyendo su interesante folleto sobre el turismo coruñés. En ese breve destello Marcial atisbó una soledad gélida y eterna, como una vagón oxidado a rebosar decepción.

Puedo ofrecerles la última habitación libre. Es la suite.
- ¿En serio? No sabe cuánto se lo agradezco, pero... ¿la suite? costará un ojo de la
cara. 
- No se preocupe, está de oferta…Hace años que no se abre, por las humedades
¿Es usted italiana?
- Esattamente. Toda mi familia es de Torino.
- Se le nota en el acento, y en los hombros. Lánguidos. De princesa.

Monica sonrió complacida. Marcial les acompañó diligente hasta la sexta planta y les señaló su suite nupcial: la 609. Nupcial, curioso concepto. Literalmente significa de la boda o que tienen relación con ella. ¿Qué relación tenía ellos con los que fueron el día de su boda? Bueno, no era momento de preocuparse por esas minucias. Tenían la suite nupcial a precio de ganga y sorprendentemente limpia para llevar años cerrada.

Marcial tras entregarles sus llaves se giró sin decir una palabra más, se ajustó sus lentes de nácar pasadas de moda y enfiló el pasillo arrastrando una ligera cojera. Se detuvo a medio camino, frente a un enorme lienzo que presidía insolente el corredor. Dedico una mirada fugaz al retrato de su relicario. Pronto volvería a ver esos ojos de hielo – él aún recordaba que eran azules – después de casi cincuenta años.

El hielo nunca muere, solo se transforma.

Aquella noche Mónica se quitó emocionada la ropa para que su marido la viese desnudarse. Todo empezó con risas, besos espumados y ríos de champán, pero al cabo de un cuarto de hora Monica supo que estaba follando sola.

La tercera madrugada Monica se revolvía intranquila dando patadas al aire. Otra vez los travesaños atemporales, el bosque supersticioso, el cielo tristemente iluminado. Otra vez la mujer, esa mujer  gélida y triste. No podía ser ella… No. Tenía unos ojos, esos ojos… Unos ojos punzantes. Las dos caminaban por la vía en direcciones opuestas hasta chocarse. Se detenían frente a  frente, reconociendo algo de sí mismas en la pupila de la otra. Podían sentir en su piel el mismo viento cortante, en los labios los mismos besos perdidos, en los ojos las mismas lágrimas transformadas, en vapor, en lluvia, en hielo.

¿Anoche qué te pasaba? – preguntó Jorge mientras se abrochaba las botas de
trekking.
- Pesadillas.
- ¿Las de siempre? – Monica asintió restándole importancia al asunto.

La quinta noche el rumor glaciar del viento entre los pinos la despertó. La ventana estaba abierta, pero era un apacible quince de agosto y ese frío en sus mejillas no tenía sentido. Salió de la habitación para templarse y la vio en medio del corredor. Una figura se aproximaba por el sendero acuchillado que tantas veces había visto dormida.

Un paso, otro paso… son divagaciones de madrugada. Pero parece que me está mirando. Sí, es el mismo paisaje, la misma hilera insolente de pinos, los mismos listones podridos, el mismo fuego helado ardiendo en las entrañas…Cada vez más cerca. Dieron siete pasos al unísono. Ella rozó el lienzo rugoso, ella extendió su trémula mano pintada, alguna vez soñada. Las dos, en el mundo del revés, o quizás en el mundo del derecho, dejaron de respirar por un instante, y Monica pudo sentir el viento nocturno en la piel desnuda de sus hombros, el regusto amargo de la madera en descomposición, la escarcha de los sueños en las pestañas.

Sus dedos se rozaron y lo imposible dejó de serlo.

Marcial Berenguer esperaba impaciente en el vestíbulo del hotel con sus mejores galas, el bigote engominado y el pañuelo perfumado en la solapa. Era la viva imagen de aquel muchacho que no logró volver a tiempo. Aquel muchacho que lloró en la estación de tren al ver cómo se derretían esos ojos de cristal pintado. Ese muchacho que frente a un vaso vacío firmó para que su alma ardiera con tal de acariciarla una vez más.

Ella al fin llegó, después de cincuenta inviernos atrapada tras un lienzo. Parecía acartonada por los años en gravedad oscilatoria, pero conservaba el mismo azul gélido.

El cuadro sigue en el pasillo junto a la 609. 

Jorge se detuvo unos segundos al intuir unos hombros con deje de princesa destronada mientras buscaba a su mujer pero al mirar el cuadro no la vio y ella dejó de existir. Ahora solo quedan garabatos desdibujados por el frío.  

C. Askani Boneque

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