Carta para no enviar nº 1



        
Mira que han pasado ya muchos meses. Pues todavía me sigues saliendo la primera cuando pongo tu inicial en el buscador de Instagram. Todavía eres la primera en aparecer en mis sueños cuando no tengo nada interesante con lo que soñar. Mira que ha pasado ya mucho  tiempo pero creo que todavía no me he dado cuenta de quién eres. De quién has sido. Pero sobre todo de quién serás. Recé para que no fueses más que una chica, pero para mi desgracia fuiste tú misma, lo más alejado a lo que cualquier cuerdo podría rezar. Creo que por ser ateo me ha tocado soportarte. 

          

     Porque sí, soportarte ha sido lo más horroroso de mi vida. Tal vez hayas sido lo más bonito también, pero de eso no estoy del todo seguro. De lo único de lo que tengo certeza es de que ya no te veo enfrente de mi casa. Y esto es muy  curioso, porque ni yo me he mudado ni tú te has cambiado a esa casa que tanto deseabas.

Los dos seguimos aquí, enfrente el uno del otro, como dos perros que se ladran a través de una valla pero que son incapaces de morder. Porque esos somos tú y yo, una chica bajita de pelo rizado, con más maquillaje que ganas de salir y un chico bajito y moreno, con más ganas de quererte que las que tú tienes de dejarte querer. Las dos personas más estúpidas de  Madrid, bueno del barrio, tampoco exageremos. Y eso que aquí hay gente estúpida, como el hombre que llega siempre a la pastelería a las 21:05, pensando que todos se habrán quedado  5 minutos más solo por si él venía. Me lo encuentro muchas veces al volver de la Universidad. Un día lo vi con una palmera de chocolate, y sonreí como un tonto. Odio el chocolate. Lo sabes. Dios, perdón, no me centro, no soy capaz de hablarte de nada, porque en verdad no tengo nada de lo que hablarte.

La verdad que llevábamos así varios meses. Pero me he dado cuenta de que me da igual. Solo quiero que hablemos, reír, discutir, besarnos, bailar, follar. Quiero todo eso que teníamos. Que tuvimos. Y no importa nada,  porque no me acuerdo de qué hablamos en nuestra primera cita, pero seguramente de kebabs, lo cual es aún peor. Joder, es que todo empezó mal. No me acuerdo de nada, pero sé que nos reímos, y a las 6 de la mañana y al borde del cabeceo no es fácil. El resto también lo  hicimos, pero la verdad, me acuerdo perfectamente, así que desmontaría mi teoría, y mejor me callo.

Hoy me he dado cuenta de que era lunes. He mirado al reloj, he visto que eran ya las 9. He empezado a andar para llegar al metro y de repente me he echado a llorar. Todavía no sé por  qué. Creo que he visto un pelo rizado como el tuyo, o tal vez he olido a tu perfume de Carolina Herrera que solo me gustaba a mí. No lo sé, pero he llorado. Joder, he llorado.  Sabes que nunca lo había hecho, y que si por un casual fueses a leer esto lo borraría. Pero soy tan cobarde que no lo haré, y lo sé. Estoy al borde de volver a llorar. La gente está  empezando a mirarme raro en el vagón. "Estas no son horas de andar por ahí, normal que llores" Me gritan todos los ojos de la gente. Pero no saben nada. No te conocen, no nos conocen. De hecho ni siquiera conocen al hombre de la pastelería. En realidad yo tampoco,  pero le siento cerca, y le deseo lo mejor. A cada paso que doy en estas escaleras para salir ya a la calle rezo con más fuerza por encontrármelo alegre saliendo de la pastelería, pero ojalá  con algo que no tenga chocolate.

Javi Martín

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