El diploma en piensología que me entregó el mago no me
sirvió de mucho en el mundo de tono sepia.
Gobernar no era lo mío. Levantarse a las doce, empezar a
la una, coger una hora para comer y terminar a las dos. No hacíamos más que
reír y cantar y, sin brujas que nos asolaran desde ningún punto cardinal, el
maravilloso mundo de Oz terminó volviéndose aburrido.
Por esa y otras razones decidí probar suerte en la
estrella Kansas.
Acabé trabajando en la granja Gale, donde no ejercí mi
labor mejor de lo que lo hacía en Oz. Los cuervos no se murieron de miedo con
mis bailes como Dorothy me prometió.
La vida en el campo era tranquila, sí, pero no tanto como
en el lugar de más allá del arco iris. No había brujas con las que luchar, pero
si una tal señora Gulch que me hacía pensar en ellas. Tampoco faltaba algún que
otro tornado de vez en cuando, y esto era suficiente para mí. Algo de emoción
que me estremeciera como a aquel viejo amigo al que condecoraron.
Pasó el tiempo y Dorothy se marchó. No le bastaba con la
granja Gale como a mi. Decidió probar suerte en una ciudad que no era
esmeralda, y nunca más supimos de ella.
Nunca más hasta hoy.
Una burbuja rosa descendió del cielo y aterrizó en el
cultivo que se suponía que tenía que
proteger. Cuando tocó el suelo se convirtió en una vieja cara conocida. Pero su
expresión era nueva para mi. Nunca había visto al Hada del Norte perder la
sonrisa. Fue ella quien me comunicó las malas noticias: Dorothy había muerto.
Ningún camino de baldosas amarillas nos guió hasta la
funeraria, pero no fue difícil encontrarla. Por el camino no cantamos, sino que
compartimos anécdotas vividas con aquella chica “pequeña y dócil”. El hada me
reveló la causa de su muerte. No le había caído ninguna casa encima, pues no
era una bruja mala, sino una sobredosis de barbitúricos. Mi cerebro de paja no
conocía esas palabras, pero preferí no preguntar.
El timbre del lugar estaba estropeado, por lo que tuvimos
que llamar a la puerta. Nos recibió el hombre de hojalata, cuya cara estaba
oxidada de tanto llorar. Tuve miedo de que su corazón dejara de dar la hora. Me
contó que los árboles de Oz no pudieron asistir, pero le dieron manzanas en señal
de respeto. Mordí una. No me supo tan sabrosa como aquel día en el que hicimos
un alto en nuestro camino para descansar.
El alcalde Munchkin se presentó acompañado de su forense
para hacer la comprobación real de que Dorothy estaba moralmente, éticamente,
espiritual y físicamente, definitiva y absolutamente, indudablemente e
irremediablemente muerta. El forense confirmó que no solo estaba muerta, sino
real y auténticamente muerta. Pero esto no llenó de gozo sus corazones. No
entonaron ningún ding dong, pero se ofrecieron voluntarios para tocar la
campana de la iglesia donde se celebraría el funeral.
El león nos indicó donde estaba el ataúd al que no tenía
valor de acercarse. Se secaba las lágrimas con el extremo de su cola mientras
nos lo señalaba. Al acercarme, encontré su cara cambiada desde la última vez
que la vi, aunque la hubieran adecentado en la compañía de Lavado y Peinado.
Sus mejillas ya no estaban sonrojadas, pero seguía llevando sus viejos zapatos
rojos que nunca más podría volver a chocar. Así es cómo nos mantenemos a punto
en el alegre país de Oz.
A las ocho se celebró el funeral. El Mago se presentó sin
artificios para dar un discurso. Fue tan emotivo que enterneció hasta a los
monos alados. Concluyó su despedida diciendo la frase que la trajo de vuelta a
Kansas.
Ya no tenía ningún sentido para mí volver a la granja
Gale, ahora que sabía que Dorothy nunca volvería. Pero tampoco podía regresar a
aquel mundo de fantasía. No tenía sentido.
Les desee suerte a todos mis amigos y me despedí de
Dorothy con un beso en la mejilla, mientras le susurraba al oído que sería a la
que más echaría de menos. Salí de aquel trágico lugar sin echar la vista atrás.
No sabía qué grandes montañas me depararía el futuro pero, tan pronto cómo dejé
la funeraria, supe que nunca más podría volver a casa, pues ya no había casa a
la que volver.

Genial, onírico.
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