Un mal menor




 Edmondo dio un respingo. Miró en torno suya mientras jadeaba, tragó saliva y volvió a recostarse en la cama. Ahora veía un techo blanco, tan blanco como siempre, y notaba un ligero dolor en el cuello. Movió su brazo derecho y tocó el cuerpo caliente de su mujer. La misma mujer de siempre. Edmondo giró la cabeza y miró su cuerpo desnudo. Sí, confirmó. La misma mujer de siempre. 

Se quitó la sábana con cuidado, evitando dejar al descubierto la piel de su esposa. El aire frío de la mañana golpeaba su sudoroso cuerpo, que ahora tiritaba de frío. Edmondo se levantó con pesadez de la cama y miró sus pies. Eran pies grandes y peludos. Movió el dedo gordo y el resto de la planta. Indudablemente, eran sus pies. Nunca le habían agradado, pero no podía hacer nada. A veces Edmondo recordaba cuando era joven y tenía unos pies bonitos y puros, sin pelos y con las uñas bien cortadas. Poco a poco, a medida que se le caía el pelo de la cabeza, bajo sus tobillos empezó a crecer un pequeño bosque al que terminó apodando “el de los suicidas”. Para Edmondo cualquier oportunidad era buena para hacer alguna referencia a algo que él conociese, aunque no viniese a cuento. Cuando tenía 20 años y vio como un pequeño pelo surgía de la parte frontal de su pie, Edmondo se rio. Al año siguiente no podía distinguir ninguno de sus viejos lunares. Aún recordaba como era su pie desnudo, sin ningún tipo de fealdad. Tampoco le sudaban los pies. Ahora sí, quizás a consecuencia del pelo. A veces se resbalaba en el mármol de la cocina solo porque sus pies habían comenzado a transpirar. Pero lo peor eran las uñas. O mejor dicho, la ausencia de ellas.

- Doctor, ¿qué le ocurre a mis uñas?  
- ¿Qué uñas?

Desde ese día, Edmondo se propuso cuidar mejor su cuerpo. Fue una de esas promesas que a veces cumples y a veces no. Edmondo no la cumplió. Por eso para poder estar sentado en su cama y ver sus pies tenía que mover con los brazos su tripa. Apretaba con las manos mientras hacía un ligero giro hacia la derecha. Era una gran y vellosa barriga que él detestaba. Una vez tuvo abdominales, una barriga tan suntuosa que hasta sus amigos le envidiaban.

Una novia suya le dijo que lo que más le gustaba de él era su abdomen. Tan pronto como lo perdió ella se fue. O eso recuerda Edmondo. A veces los recuerdos no son tal cosa, son solo sueños incumplidos o fallos de la memoria. Quizás mentiras que hemos terminado creyendo. 
Edmondo volvió a mirar sus pies, sus sólidos gemelos y su barriga. Se levantó de la cama y un ligero mareo le sobrevino. Inmediatamente tuvo que acostarse. La cabeza le daba vueltas, sentía una fuerte presión en el pecho y tenía ganas de vomitar. Su mujer se despertó con la caída del cuerpo de su esposo.


- Llama al médico.

La mujer se levantó de la cama, se puso el sujetador, luego las bragas, el pantalón y finalmente una camiseta. Buscó unos calcetines limpios y, antes de ponérselos, se miró los pies. Eran blancos, con los dedos desproporcionados. No tenía rastro de pelo alguno. Las uñas eran cortas y estaban pintadas de rojo. El dedo gordo carecía de voluntad para moverse. La mujer se quedó mirando sus pies.


- Llama al médico.

      Ella llamó al médico y el médico fue. 


 - No percibo ninguna anomalía en su cuerpo.
- Llama a otro médico -dijo cuando el doctor se marchó.

     Un segundo médico llegó e hizo la misma observación que su compañero. 


 - ¡Pero estoy enfermo! - le recriminó Edmondo.
- Sí, lo está. Pero la enfermedad que padece no puede ser tratada por la medicina.
- ¿Qué enfermedad es esa?
- Usted padece de melancolía. 

La mujer aspiró aire con fuerza y tosió. Miró por la ventana y vio cómo un rayo de sol golpeaba el tallo de una de sus rosas. Se acercó a ella y empezó a jugar con la luz. Poco después ya había olvidado al doctor y la enfermedad de su marido. 


- ¿Melancolía?
 Así es.
- ¿Y cómo lo sabe?
- ¿Ansía alguna mujer que no tiene? ¿Desearía estar en un lugar en el que no está
           ¿Querría ser alguien que no es? ¿Aspira a obtener algo que no obtendrá?
- Sí.
- Todos hemos padecido esa enfermedad. 
- ¿Y qué puedo hacer?
- No se preocupe, el tiempo termina curándola. Descanse aquí, junto con su mujer, y 
          pronto  se dará cuenta de cómo sus ilusiones se desvanecen lentamente.
- ¿Debo dejar que lo hagan?
- Claro. Al fin y al cabo, solo son ilusiones. Nunca encontrará a la mujer con la que 
          sueña, ni irá a un sitio mejor que este, ni será alguien distinto. Debe olvidarlo.
- ¿No debo temer el olvido?
- No, el olvido acabará con su dolor. El mayor problema del hombre es que en 
          ocasiones se  permite soñar, esa es nuestra gran debilidad. 
- Comprendo. 

El doctor se levantó, extendió un cheque y la mujer, que había dejado de jugar con la rosa, lo recogió sin cambiar el gesto de la cara. Acompañó al doctor a la puerta y volvió junto con su marido. 
- Hace un buen día.
- ¿Sí?
- Sí.
- ¿Qué piensas hacer hoy?
- Aún no lo he pensado. ¿Y tú?
- Tampoco lo he pensado. 
- Ayer compré pan. Si te levantas podemos desayunar juntos.
- ¿Hay leche?
- No lo sé.

Edmondo siguió hablando con su mujer. Pronto se dio cuenta que el doctor tenía razón. Notó como su malestar iba disminuyendo, como el pecho dejaba de oprimirle. Pensó en el desayuno, en la colada, en regar las plantas, en su sofá, en su cama, en la radio, en su maquinilla de afeitar, en su mujer. Su cabeza se llenó con estos pensamientos y se sintió feliz. No había ni un pequeño resquicio en la cabeza de Edmondo que albergase alguna otra idea. Si la hubiese habido, probablemente habría exclamado: ¡así que la ausencia de esperanzas es la causa de la felicidad! Pero, si hubiese pronunciado estas palabras, de nuevo el pesar se habría apoderado de él, pues solo el que no se da cuenta de esta gran verdad es el que puede disfrutar de ella.  

Alberto Herrera  Fontalba

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